Cinco desafíos permanentes para la Escuela Católica

La Escuela Católica se encuentra en un desafío constante, no solo para concretar su misión educativa y evangelizadora, sino que también para asegurar las sinergias necesarias para su proyección.

1. El Testimonio.

Un elemento transversal y quizás el más valorado por los jóvenes es el testimonio del educador. En el sentido que este pasa a ser la garantía de validez y credibilidad de la propuesta, ya que generalmente por el modo, el método, la forma, el vínculo los jóvenes terminan aceptando o no el contenido de la propuesta. 

Sabemos que la escuela pasa por personas que son capaces de hacerse significativas para los estudiantes, y que logran ofrecer horizontes de sentido para ellos. Y al mismo tiempo que desde aquí brotan las grandes críticas de parte de ellos, de maestros injustos, no bien preparados, que los maltratan, etc. Muchas veces la crítica a la escuela tiene nombre y apellido, en cuanto que es signo de una deteriorada relación educativa. 

Por ello es importante cuidar sobre manera la gestión directiva en cuanto capaz de animar a los docentes en su servicio educativo vocacional, y por otra parte acompañar el modo de estar presente entre los jóvenes buscando desarrollar todas sus dimensiones a través de una presencia animadora capaz de suscitar todas las potencialidades naturales y sobrenaturales.

2. La Participación Corresponsable.

En la escuela, la determinación de objetivos se hace entre todos los actores, según rol y competencia propios, procurando alcanzar la aceptación, el consenso y el compromiso. Todos los miembros de la Comunidad educativa son actores de la gestión – comparten información, programan actividades, opinan, deciden, ejecutan tareas, evalúan –  según el rol que cada uno cumple en ella. Supone descentralizar el poder, empoderar desde la lógica de la reciprocidad.

Para lograr la participación de todos los miembros de la Comunidad educativa no basta con dotarla de las estructuras convenientes; es necesario hacer camino, aprender, porque participar significa desarrollar la capacidad de asumir compromisos y, como todo desarrollo, supone entrenamiento, gradualidad, metas progresivas. Se está ante una tarea “educativa”: la participación efectiva no se da si no ha habido educación en el compromiso, en la corresponsabilidad.

El estilo de gestión participativa supone la delegación, porque una no existe sin la otra. Esta delegación es un claro ejemplo de aplicación de los presupuestos de la animación: la confianza depositada en quien se delega crea actitudes cooperativas y espíritu de trabajo en equipo, estimulando la autonomía y la autovaloración.

No se trata de delegar para desligarse de algunas tareas porque son tediosas o por falta de tiempo, sino que delegar supone descentralizar el poder en los niveles de decisión y autoridad, cosa que es coherente con la opción de una gestión participativa, subsidiaria y corresponsable. 

3. El compromiso ético-político

La gestión en la escuela está comprometida con una cultura que se basa en valores; preocupada de la mejora de los aprendizajes de todos los estudiantes; con la inclusión de los diferentes y de los que han quedado fuera de la posibilidad de la escuela, es sensible hacia el mundo vulnerable, la apertura a la trascendencia y con la constitución de subjetividades que expresen una ciudadanía activa, porque, si bien la escuela no es el único responsable de que todo eso se alcance, sí es corresponsable en ello.

Es importante agregar a lo anterior, que si gestionar implica toma de decisiones, elección de caminos a seguir y de estrategias a utilizar, hay un paso previo ineludible: haber evaluado éticamente los costos que esas opciones conllevan. Es evidente, entonces, que el compromiso ético alcanza tanto a los productos finales como a los procesos, la gestión está comprometida con los resultados finales y con el camino recorrido y los recursos empleados para lograr esos resultados. El compromiso ético alcanza todas las dimensiones de la actividad educativa.

4. La Calidad Educativa Pastoral.

En la escuela se debe asumir un compromiso profundo con la evaluación continua y los resultados, convencidos de que ello permiten confrontar un aspecto de la calidad de la educación, la gestión educativa. Pero la calidad, como “calidad integral”, exige que la gestión debe ser eficaz en el logro de esos resultados con metodologías, reglas de juego, intervenciones coherentes con lo que declara su Proyecto Educativo Institucional. Para el proceso, para el camino, para el cómo hace la comunidad educativa, vale aquello de “el fin no justifica los medios”. Entonces, el proceso también es una cuestión ética y “habla ideológicamente y valorativamente de una verdadera pedagogía institucional”. 

Calidad, equidad y valores, son tres conceptos que no pueden tratarse por separado. De aquí la necesidad de relevar en conjunto tres preguntas esenciales, para acompañar y orientar todo proceso de transformación educativa: ¿A qué calidad educativa aspiramos?, ¿Qué equidad educativa sostendremos?, ¿Qué valores impregnarán nuestra tarea docente?. Las respuestas que demos a estas preguntas conforman un nuevo concepto de calidad educativa en el que están integrados tanto la equidad como los valores de la propuesta educativa. 

No basta con ofrecer solamente conocimientos, competencias profesionales o requerimientos específicos del mercado, sino que es necesario ofrecer una propuesta de sentido a la propia existencia, misión que la escuela católica asume como propia para la configuración de la identidad más profunda de los niños y jóvenes. Con lo anterior deduciremos que lo que hace católica a una institución educativa no es el solo hecho de estar dirigida por una comunidad religiosa, ni contar con una filosofía cristiana en su proyecto educativo institucional, sino el vivir un ambiente evangelizador que promueva la búsqueda del sentido de la vida, la verdad en Cristo y el testimonio vital de los valores evangélicos, siendo el más importante el Amor. Y la traducción del amor al mundo educativo es la amabilidad.

5. Liderazgo de los equipos Directivos

Aquí estamos considerando más que una individualidad, la presencia de un equipo animador-gestor y, por lo tanto, un liderazgo que requiere de algunas capacidades y características especiales encarnadas en los distintos integrantes, que se complementan. El liderazgo de quienes animan gestionando la escuela exige un cierto atractivo personal-profesional, capacidad de comunicación que haga fluidas y cálidas las relaciones interpersonales; sensibilidad y simpatía hacia lo juvenil y condiciones para anticiparse a los conflictos y los rumbos institucionales, a partir del conocimiento y el compromiso de y con la visión y la  misión de la escuela.

Pero esto no basta. Es imprescindible dominar aspectos específicos para la calidad institucional, como la planificación, el seguimiento y la evaluación, por ejemplo, conocer lo concerniente a normativa, administración, roles, etc. No puede prescindir de la implicación con tareas de profesores, alumnos, padres, de la motivación para lograr la cooperación.

Finalmente, el afán formativo del equipo de gestión-animación lo lleva a buscar la promoción del crecimiento personal y profesional de sus colaboradores y su meta está en la consolidación del perfil propio del centro educativo a partir del ideario, tradición, historia. En síntesis: el equipo animador-gestor es aquel de quien todos los miembros de la comunidad educativa saben que siempre tienen algo que aprender.