De qué hablamos cuando decimos una escuela «en» pastoral.

Cuando decimos pastoral, estamos diciendo la praxis de la comunidad eclesial que, siguiendo la de Jesús, busca colaborar con la llegada del Reino de Dios a la sociedad. La contribución que las escuelas, pensadas como instituciones pastorales, hacen a esto, tiene un perfil muy específico. Lo que interesa pensar es en qué medida lo escolar y sus contenidos pueden contribuir a esta llegada y a esta implantación del Reino. Hablar de pastoral educativa es referirnos a una acción muy compleja, aunque profundamente unitaria. Lo que le da unidad es la tarea a la que todos los actores son convocados a la síntesis entre fe – vida – cultura. Esta es la tarea de fondo de la actividad educativa: conformar comunidades de creyentes que se encuentran en torno a los saberes culturales socialmente significativos para su recreación crítica a la luz de la fe, buscando la conversión personal y grupal. Esta es una tarea de todos los actores: directivos, docentes, asistentes de la educación, auxiliares, alumnos, familias, religiosos y laicos.

Esta tarea se da en la vida escolar, a través de dos procesos, que a su vez se abren en múltiples actividades. Por un lado hay un proceso que tiene que ver con la evangelización de la cultura y la inculturación del Evangelio, y que está relacionado con el discernimiento que la comunidad educativa hace para descubrir a Dios en el seno de los bienes culturales propios del trabajo escolar y para desarrollar en ellos, los bienes del Reino.

Un lugar privilegiado de las actividades de este proceso son los aprendizajes sistemáticos, pero además, está el proceso no menos central de la evangelización de las situaciones cotidianas, pues no se trata sólo de ofrecer una visión de la vida profundamente evangélica como una construcción coherente; se trata, además, de que esa visión sea operante en la vida de todos los días y de todos los actores educativos. Se trata de reconocer la Palabra de Dios en “los bienes de la dignidad humana, la unión fraterna y la libertad, en todos los frutos excelentes de la naturaleza y de nuestro esfuerzo”( Concilio Vaticano II, (1965), Gaudium et Spes, no 39.) que nos tiene que llevar a crecer en dignidad, fraternidad, libertad, en transformación social hacia una sociedad alternativa. El lugar privilegiado para las actividades de este proceso son la convivencia diaria y el acompañamiento de todas las personas, las situaciones imprevistas que requieren intervención, la constitución de grupos y comunidades de fe, y la pastoral vocacional, las actividades asistenciales, solidarias y misioneras.

De lo contrario podemos correr el riesgo de diseñar dos procesos paralelos (el pastoral y el educativo). Uno que tenga que ver con lo religioso en cuanto anuncio del Reino de Dios en el mundo, y otro que tenga que ver con lo educativo en cuanto “otro mundo posible” en referencia a la búsqueda de una sociedad justa. Ambos procesos poseen una misma vertiente y nunca se agota el uno en el otro. Dios, el Dios de Jesucristo, habita en la historia, en nuestra historia, por la vida de los hombres y mujeres de todos los tiempos. Por eso, pensar en prácticas “educativas”, es pensar en prácticas “pastorales”. Esto significa que en alguna parte del proceso se llegue al anuncio explícito del Evangelio de Jesús, que se pueda hacer la vinculación entre la experiencia humana, histórica, educativa, comunitaria, etc., y la lectura de fe de la misma, reconociendo a Dios en ese entramado concreto.

Se trata en definitiva, de sentirse mediador entre la cultura y la experiencia religiosa o eclesial y los destinatarios, lo que supone desde el ámbito escolar metodologías y relaciones similares a las indicadas para el desarrollo del currículo escolar, donde el educador permanece siempre más atento a los procesos y al desarrollo evolutivo de la personalidad integral de los alumnos que a los simples contenidos, por importantes que sean. Es decir, nos ponemos en la órbita del Maestro, Jesús de Nazaret, que se siente llamado a ser maestro desde la cercanía y el encuentro de quien decide «plantar su tienda» entre nosotros.

En síntesis se trata de extirpar de la cultura institucional la idea de que es una escuela con pastoral, ya que tiene grupos pastorales que cuentan con espacios, tiempos, recursos, personas, etc. Acá no se trata de aquello que podemos agregar a la escuela como quien agrega a un carro de supermercados productos o servicios. No es que la escuela sea con pastoral, así como también la escuela es con integración, o con deportes, o con talentos destacados o con excelencia o con fines ecológicos, etc. No es así lo que queremos entender. Por el contrario se trata de la identidad institucional que se transparenta en todas las intervenciones formativas, es una escuela EN pastoral, pues todo aquello que forma parte del proyecto educativo pastoral de la institución posee una intención evangelizadora que a veces será más o menos explícita, pero que sin embargo siempre está presente pues forma parte de la identidad institucional.

Siendo aun más explícito, es el riesgo de los colegios que se conforman sólo CON tener una capellanía para autodefinirse como católicos, siendo que quizás varios procesos internos de la institución no están construidos a la base de criterios evangélicos (Ejemplo: Sistema de contratación, inducción, evaluación del personal; procesos de acompañamiento multidisciplinar a los estudiantes; participación e integración de los apoderados; integración curricular entre los educativo pastoral en la planificación de aula; planes y programas propios con la integración de elementos identitarios; etc.) No se trata de sumar, de agregar más cosas; sino que de dotar de sentido lo que hacemos, de movilizarnos por la raíz fundacional, la razón de ser de este proyecto educativo en particular. Es llegar a explicitar, en diversos niveles y formas, la dimensión Cristiana de los saberes, de la gestión, de todo lo que constituye la práctica de una escuela católica.